miércoles, 20 de abril de 2016

Adivina, adivinador... Adivinanzas con premio para 1ero. y 2do.




Para la clase de Prácticas del lenguaje de 1er y 2do año:  
Les dejo estas tres adivinanzas. ¡Quien adivine por lo menos una se gana un sello!

adivinanza 1


si me nombras desaparezco, ¿Quién soy?



adivinanza 2

Viven cerca del cielo
allá, allá muy alto,
y cuando lloran
riegan los campos


adivinanza 3


Adivina quién soy,
adivina quién soy
que cuanto más y más lavo
más sucia estoy 

jueves, 20 de agosto de 2015

Para 5to año. Prueba de literatura lunes 24/8


Que tal alumnos: Estos son los relatos que van a ser tomados en la prueba del 24/8. Acuerden que deben sumar a estos relatos, la película de Hansel y Gretel que vimos en clase.



Julio Cortázar- Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


 
Marco Denevi- Esquina peligrosa

El señor Epidídimus, el magnate de las finanzas, uno de los hombres más ricos del mundo, sintió un día el vehemente deseo de visitar el barrio donde había vivido cuando era niño y trabajaba como dependiente de almacén.
Le ordenó a su chofer que lo condujese hasta aquel barrio humilde y remoto. Pero el barrio estaba tan cambiado que el señor Epidídimus no lo reconoció. En lugar de calles de tierra había bulevares asfaltados, y las míseras casitas de antaño habían sido reemplazadas por torres de departamentos.
Al doblar una esquina vio el almacén, el mismo viejo y sombrío almacén donde él había trabajado como dependiente cuando tenía doce años.
-Deténgase aquí. -le dijo al chofer. Descendió del automóvil y entró en el almacén. Todo se conservaba igual que en la época de su infancia: las estanterías, la anticuada caja registradora, la balanza de pesas y, alrededor, el mudo asedio de la mercadería.
El señor Epidídimus percibió el mismo olor de sesenta años atrás: un olor picante y agridulce a jabón amarillo, a aserrín húmedo, a vinagre, a aceitunas, a acaroína. El recuerdo de su niñez lo puso nostálgico. Se le humedecieron los ojos. Le pareció que retrocedía en el tiempo.
Desde la penumbra del fondo le llegó la voz ruda del patrón:
-¿Estas son horas de venir? Te quedaste dormido, como siempre.
El señor Epidídimus tomó la canasta de mimbre, fue llenándola con paquetes de azúcar, de yerba y de fideos, con frascos de mermelada y botellas de lavandina, y salió a hacer el reparto.
La noche anterior había llovido y las calles de tierra estaban convertidas en un lodazal. 


Cuentos de Ray Bradbury

MARZO DE 2000- El contribuyente

 Quería ir a Marte en el cohete. Bajó a la pista en las primeras horas de la mañana y a través de los alambres les dijo a gritos a los hombres uniformados que quería ir a Marte. Les dijo que pagaba impuestos, que se llamaba Pritchard y que tenía el derecho de ir a Marte. ¿No había nacido allí mismo en Ohio? ¿No era un buen ciudadano? Entonces, ¿por qué no podía ir a Marte? Los amenazó con los puños y les dijo que quería irse de la Tierra; todas las gentes con sentido común querían irse de la Tierra. Antes que pasaran dos años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese entonces. Él y otros miles como él, todos los que tuvieran un poco de sentido común, se irían a Marte. Ya lo iban a ver. Escaparían de las guerras, la censura, el estatismo, el servicio militar, el control gubernamental de esto o aquello, del arte y de la ciencia. ¡Que se quedaran otros! Les ofrecía la mano derecha, el corazón, la cabeza, por la oportunidad de ir a Marte. ¿Qué había que hacer, qué había que firmar, a quién había que conocer para embarcar en un cohete?
 Los hombres de uniforme se rieron de él a través de los alambres. No quería ir a Marte, le dijeron. ¿No sabía que las dos primeras expediciones habían fracasado y que probablemente todos sus hombres habían muerto?
 No podían demostrarlo, no podían estar seguros, dijo Pritchard, agarrándose a los alambres. Era posible que allá arriba hubiera un país de leche y miel, y que el capitán York y el capitán Williams no hubieran querido regresar. ¿Le abrirían el portón para dejarlo subir al Tercer Cohete Expedicionario, o lo rompería él mismo a puntapiés?
 Le dijeron que se callara.
 Vio a los hombres que iban hacia el cohete.
 -¡Espérenme! -les gritó-. ¡No me dejen en este mundo terrible! ¡Quiero irme! ¡Va a haber una guerra atómica! ¡No me dejen en la Tierra!
 Lo sacaron de allí a rastras. Cerraron de un golpe la portezuela del coche policial y se lo llevaron al alba con la cara pegada a la ventanilla trasera. Poco antes que la sirena del automóvil comenzara a sonar, al acercarse una curva, vio el fuego rojo, y oyó el ruido terrible y sintió la trepidación con que el cohete plateado se elevó abandonándolo en una ordinaria mañana de lunes en el ordinario planeta Tierra.

 
NOVIEMBRE DE 2005- La tienda de equipajes
  
Cuando aquella noche el dueño de la tienda de equipajes escuchó la noticia, transmitida directamente desde la Tierra en una onda de luz- sonido, le pareció algo muy remoto.
Una guerra iba a estallar en la Tierra.
El dueño de la tienda de equipajes se asomó a la puerta y miró el cielo.
Sí, allá estaba la Tierra, en el cielo nocturno, descendiendo como el sol detrás de las colinas. Las palabras de la radio y aquella estrella verde eran lo mismo.
-No lo creo -dijo el dueño de la tienda.
-Porque usted no está allá -dijo el padre Peregrine, que se había detenido para entretener la velada.
-¿Qué quiere decir, padre?
-En mi infancia era lo mismo -explicó el padre Peregrine-. Nos decían que había estallado una guerra en China y no lo creíamos. China estaba demasiado lejos. Y moría demasiada gente. Imposible. No lo creíamos ni al ver las películas. Bueno, así es ahora. La Tierra es China. Está tan lejos que parece irreal. No está aquí. No se puede tocar. No se puede ver. Es sólo una luz verde. ¿En esa luz viven dos billones de personas? ¡Increíble! ¿Una guerra! No oímos las explosiones.
-Ya las oiremos -dijo el dueño de la tienda---. No puedo olvidarme de todos los que iban a venir a Marte en esta semana. ¿Cuántos eran? Unos cien mil en un mes, más o menos. ¿Qué hará esa gente si estalla la guerra?
-Supongo que volverán. Los necesitarán en la Tierra.
-Bueno -dijo el dueño-. Será mejor que sacuda el polvo de las maletas. Sospecho que en cualquier momento habrá aquí un tropel de clientes.
-¿Cree usted que si es ésta la Gran Guerra de la que tanto se ha hablado las gentes de Marte volverán a la Tierra?
-Es curioso, padre; pero sí, creo que volverán, todos. Ya sé que hemos venido huyendo de muchas cosas: la política, la bomba atómica, la guerra, los grupos de presión, los prejuicios, las leyes; ya lo sé. Pero nuestro hogar está aún allá abajo. Espere y verá. Cuando la primera bomba atómica caiga en los Estados Unidos, la gente de aquí arriba comenzará a pensar. No han vivido aquí bastante tiempo. No más de un par de años. Si hubieran pasado aquí cuarenta años, todo sería distinto; pero allá abajo están sus parientes, y los pueblos donde nacieron. Yo ya no puedo creer en la Tierra; apenas puedo imaginármela. Pero yo soy viejo. No cuento. Podría quedarme aquí.
-Lo dudo.
-Sí, tiene usted razón.
De pie, en el porche, contemplaron las estrellas. Al fin el padre Peregrine sacó algún dinero del bolsillo y se lo dio al propietario.
-Ahora que lo pienso, mejor que me dé una maleta nueva. La que tengo está muy estropeada...
 


miércoles, 6 de mayo de 2015

para 5to año, literatura: cuentos para la prueba del 11/5


Qué tal, estimados alumnos:

Les dejo los 5 cuentos para la prueba de este lunes 11/5. Están en un archivo word. Este es el link de donde se lo bajan:

https://www.dropbox.com/s/hv9it0yg5d88t6x/cuentos%20para%20evaluacion%2011-5.docx?dl=0



Por si ustedes desean leerlos en internet, los títulos de los cuentos son:

"Cabecita negra" de German Rozenmacher
"Hombrecitos" de Enrique Wernicke
"La mano" y "Jabon" de Juan Carlos Onetti
"Ni uno ni lo otro" Autor anónimo.



Y por último, les dejo copiados los cuentos al cuerpo de esta entrada por si gustan leerlos directamente desde esta pagina.

Saludos!
Profesor Angel



La mano

A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio:        
            —La leprosa.
            Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile.
            No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.
            Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. "Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es síquico".
            Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.
            Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.
            Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.
            Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
            Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando.


Jabón

            No hizo ninguna seña para que Saad detuviera el coche. La figura estaba quieta y paciente, tal vez aburrida, al borde del camino, junto a un árbol del que empezaba a surgir la primavera como peque­ñas lanzas de un verde aún indeciso.
            Saad detuvo el coche frente al árbol y vio la gran maleta negra, vio que la persona que le sonrió tenía una cabeza de mujer, joven, extraordinariamente hermosa, un suéter rojo que cubría el pecho sin la menor sospecha de senos; un pecho liso de varón; panta­lones negros que no insinuaban el bulto del sexo. Hombre, mujer, efebo, hermafrodita, Saad lo necesitó de pronto, con fuerza y jadean­do. Necesitó que subiera al coche, necesitó de aquello con miedo, empezó a creer que lo había estado esperando desde la primera juven­tud y casi llegó a creer que necesitaría la presencia o cercanía de Ello —el corte de pelo era masculino y no había pintura en la cara— hasta el resto de sus días.
            Al entrar, Ello dijo “gracias" y Saad pensó que la voz no había revelado nada. Era la de alguien que hubiera bebido y fumado mucho la noche anterior, hombre o mujer.
            —¿Adónde quiere ir? —preguntó Saad para volver la cabeza y examinar la piel de las mejillas del pasajero: ningún rastro de barba pero el pecho continuaba hostil y aplastado.
            —Un poco lejos. Yo le aviso. Siguiendo derecho. ¿Cuáles eran sus planes?
            Tampoco había nuez en el cuello blanco. "Eran, pensó Saad, como si Ello hubiera resuelto modificar el viaje proyectado". Y como si pudiera hacerlo, como si quisiera hacerlo, como si estuviera seguro, segura de imponer sin violencia sus propios planes. La gran maleta apoyada en el asiento trasero proponía una mudanza, un querido desarraigo. Y dentro de la maleta estaba la clave del sexo de Ello, si es que tenía alguno. Porque no había signos de la adulterada feminidad de un muchacho invertido; nada de la soterrada virilidad de una les­biana. Si fuera posible hurgar en la maleta...
            —No hay planes rígidos por mi parte. Tengo un mes de vacaciones, de no hacer, si Dios quiere, nada que me disguste. Pensaba detenerme En San Sebastián para almorzar. Después seguir hasta Pau donde alquilé una casita que no sé si la voy a encontrar. Si quiere puede acompañarme a almorzar y a perdernos entre pinos enormes buscando la casita. Sólo sé que se llama Pourquoi pas y está cerca del paradero del Jabalí.
            Ello no contestó; se fue reclinando en el asiento, nuevamente iluminada la cara con la sonrisa y apoyó la nuca en el respaldo como quien se prepara para un largo viaje.
            A los pocos días, el deseo de Saad fue creciendo tuvo momentos de silencio y de escondido dolor junto a la querida, la plácida presencia de Ello. Porque aquella criatura adorada le ofrecía —o apenas insinuaba— su doble cara, sus dos cuerpos y muy pronto el hombre sintió el impulso angustioso de avanzar y oprimir, indiferen­te a que sus imaginados abrazos rodearan un cuerpo de mujer o de hombre.
            Pero quería saber. Y cuando Ello bajaba con la cesta de com­pras por el caminito sinuoso e impuesto a los grandes espacios de cés­ped verde por la insistencia de tantos pasos perdidos, entraba como ladrón en el dormitorio del monstruo ansiado y escrutaba la cama, las dos mesas, los pequeños frascos de medicina. Lo que no le servía para nada, no revelaba el secreto. La gran maleta negra siempre debajo de la cama, cerrada con llave.
            Y cuando él tomaba sol con los shorts y el pecho desnudo, Ello se acurrucaba, pantalón negro y suéter rojo, en la sombra del alero de la casita o bajo los grandes árboles para sonreír en paz a la belleza de las construcciones blancas distribuidas sin orden por las pequeñas y suaves colinas.
            Tuvo la esperanza absurda, en la que creyó por un tiempo, que iba a matar la duda entrando al cuarto de baño cuando Ello ter­minaba de bañarse bajo la ducha. Pero solamente husmeando, encon­tró el perfume del jabón de pino que Ello había hecho espumear en su cuerpo, en su pecho, en la entrepierna que desvelaba el misterio, siempre solo, y sellado para él.
            Hasta que, casi de un día al otro, Saad comenzó a aceptar. A desear, más que la posesión física de Ello, la permanecía del secreto, de la duda. Y ahora vigilaba celoso a Ello, con miedo de que una imprudencia, una frase, le revelara la verdad por cuya ignorancia gozaba ahora en seguir sufriendo.
            Veía a Ello trepar el sendero, ágil y rápido, un poco inclinado el cuerpo por el peso de la cesta. Sintió frío y vejez, entró en la casita pensando vagamente qué habría comprado Ello para la comida de la noche.


Ni uno ni otro


Ella era la típica chica tímida. Aquella que en los recreos, caminaba sola. Era de esas chicas que cuando la veías, sentías lástima. Ella guardaba un secreto. Nadie nunca supo más de ella que su nombre: Samanta. Nadie sabía ni su edad, ni de sus padres, ni dónde vivía. Y pocos recordaban el sonido de su voz.
Cada día, todos la veían entrar a clases. Llevaba siempre una enorme mochila sobre la espalda y un folder que aferraba sobre su pecho. En el recreo, caminaba hacia atrás y se sentaba en un sitio al fondo. Durante clases casi nunca hablaba. Solo escribía y prestaba atención a la clase. Esa era su rutina diaria.
Cierto día, mis amigos y yo decidimos averiguar más sobre ella. En clase de educación física, cuando todos corrían, choqué con ella. Tropezó y se lastimó la rodilla. El profesor la mandó a los baños a que se lavara la herida. Y después se fue a dar la notica al preceptor en la secretaría escolar.
-Ya vuelvo, chicos. Pórtense bien.- dijo, y ni bien cruzó la puerta del gimnasio, todos nos abalanzamos sobre las cosas de Samanta.  
Mientras el resto de mis amigos hurgaba entre su enorme mochila con la esperanza de saber más de ella, yo decidí ir tras ella. Cuando ella llegó a los baños, la vi entrar cojeando. Los baños de mujeres estaban vacíos, por lo cual no dudé en entrar.
Me escondí tras la puerta, y vi cómo se sentó en el suelo. Tomó un poco de agua y luego se lavó la herida.
Luego, comenzó a bajarse el cierre de la camperita de gimnasia. Cuando se tomó del borde de la remera y comenzaba a tirarla hacia arriba para sacársela, bajé la mirada, me agarró pudor y salí de aquel lugar.  
Cuando volví al gimnasio encontré a mis amigos algo confundidos. Habían esparcido todas las cosas de la mochila de Samanta por el piso. Un amigo se me acercó y me contó lo que había pasado. En su mochila no encontraron nada extraño, pero en su folder encontraron dibujos de animales extraños que parecían demonios combatiendo contra otros que lucían como ángeles. Los demonios, más grandes, de bocas enormes, devoraban las cabezas de los ángeles.
-Ey, Dani- me dijo mi amigo, entregándome una especie de diario íntimo- Esta chica, además de friky, es un misterio. Fijate, todas las hojas de su diario están vacías.
Cuando tuve el diario entre manos y lo abrí, me di cuenta que casi todas las paginas estaban escritas.  Mis amigos decían que no había nada, pero quizá, por una extraña razón, solo yo podía leer lo que contenía ese misterioso diario.
Comencé a leer. Las primeras páginas, en efecto, estaban en blanco, pero poco a poco, primero muy tenuemente, una frase comenzó a tomar formar. No me hubiera interesado gran cosa si no hubiera visto mi nombre en medio de esa frase, repetida una y otra vez. A medida que seguía pasando las páginas pude leer, cada vez con más claridad: “Te veo, día a día en clase. Y no puedo apartar la mirada de vos. Siento que me vas a gustar mucho, Daniel.”
Sorprendido, salí del gimnasio. Estaba asombrado. El miedo se apoderó de mí cuando recordaba mi nombre una y otra vez entre las páginas de ese diario.
Cerré el diario y corrí hacia el baño de mujeres, pensaba que aun ella podría estar ahí. Cuando llegué a la puerta, dentro se veía un resplandor. Al entrar ella estaba de espaldas, desnuda. Me asusté mucho, retrocedí e hice caer algo. El ruido la hizo darse cuenta que alguien la observaba. Ahora ya no podía ocultar su secreto. Yo, ya lo sabía. De su espalda salían unas enormes y hermosas alas blancas. Era un ángel. Me miró a los ojos con una expresión de enorme alegría. Es más, parecía que ella sabía que este descubrimiento iba a ocurrir. Los ojos de ella eran dulces, cálidos, del color de la miel: acuosos, brillantes. Hablo sobre todo de sus ojos porque todo su rostro estaba cubierto de una celestial luz blanquecina. Recuerdo que en ese momento pensé: este debe ser el rostro de dios.
Se puso de pie y comenzó a acercase lentamente hacia mí. Lo que sentí en ese momento no puedo describirlo sino como una enorme sensación de paz. Sentía como si quisiera unirme a ella. Algo así deben sentir las moscas que se acercan llenas de deseo a la luz de una bombilla eléctrica.
-Pronto, seremos uno solo, Daniel- dijo, y su voz me encandiló aún con más fuerza.
Faltaban un par de pasos para tenerla justo frente mío, cuando, por la cercanía, pude ver con más claridad su rostro, y sus ojos, y su boca.
Ella sonreía. Sonreía con esa sonrisa perdida y quebrada que deben tener los dementes. Sus ojos, abiertos y hermosos, como dos lunas nuevas me erizaron la espalda. Creí que iba a decir algo, pero lo último que pude ver fue su lengua, relamiendo sus labios y mirándome. Luego sí, ya tomándome del brazo con fuerza dijo con su voz carroñera:
-Siento que me vas a gustar mucho, Daniel. Mucho.


Cabecita negra


            La niebla era espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.
            De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado.
            El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cebecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.
            —Quiero ir a casa, mamá —lloraba—. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.
            Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.
            El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.
            —¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? —la voz era dura y malévola. Antes de que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.
            —A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.
            El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.
            —Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.
            Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.
            —Viejo baboso —dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante—. Hacete el gil ahora.
            El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
            —Vamos. En cana.
            El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.
            —Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablado? —Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.
            —Andá, viejito verde andá, ¿te creés que no me di cuenta que la largaste borracha y ahora te querés lavar las manos? —dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba.
            —Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer —dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.
            De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa.
            Un animal. Otro cabecita negra.
            —Vengan a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto —y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró—. Vivo ahí al lado —gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.
            El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.
            Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo.
            —Dame café — dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando.
            Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer.
El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.
            Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con el hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.
            El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia.
Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.
            —Qué le hiciste — dijo al fin el negro.
            —Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de... —el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz.         Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.
            —Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...
            El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente.
            La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:
            —Este no es, José. —Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro
            “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba tan alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas para arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma, dijo para tranquilizarse, “hay que aplastarlo, aplastarlo”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.


Hombrecitos


Nosotros llamábamos “el árbol de la punta” a un viejo ciprés que se hacía sitio en el monte. Le venía el sobrenombre de la extraña distribución de sus ramas que, formando una escalera, permitían fácilmente llegar hasta muy arriba. Si embargo, los últimos “escalones” eran difíciles y, a la verdad, ninguno de nosotros los había trepado.
Federico eligió aquella prueba. Al principio, su decisión me alegró porque hasta la fecha teníamos una misma performance de altura. Pero mi hermano era de brazos más largos.
Caminábamos tranquilamente por la calle de eucaliptus. Yo silbaba desafinado y altanero. Federico sonreía divertido.
 Llegamos al ciprés de la prueba. Federico, ceremonioso, hizo mil preparativos. Se sacó las sandalias y se ajustó el cinturón. Después, mostrándome un pañuelo, me dijo:
—Vos tenés que bajarme este pañuelo.
—Bueno. ¡Subí! –y en la sangre me latía el coraje.
Empezó a trepar. Desde el suelo seguí con atención sus movimientos. Como conocía las trampas, me repetía cada tanto, para mí: “Lo hago, lo hago, lo hago”.
Y él, calculando distancias, tanteando donde pisaba, iba subiendo cada vez más.
Llegó a la parte difícil. Sus pantalones azules se confundieron con el verde de las hojas. Llamaba la atención su camisa blanca. Me pareció verlo dudar; se detuvo; seguramente pensaba. Me imaginaba su situación y sus esfuerzos, y desde tierra lo  ayudé con el pensamiento, estrujándome las manos. Lo vi subir el pedazo más bravo.
—¡Eh! –me gritó— ¿Es alto?
—Sí –contesté, admirado sin querer.
—¡Subiré más!
—¡Subí! –lo incité, olvidando completamente que estaba haciendo más ardua mi propia prueba.
—Pero vos no vas a poder –me recordó riendo.
—¡Bah!
En realidad, su risa me había llenado de espanto.
Subió un poco más y se perdió entre las ramas. Después de un ratito lo vi descender. Y descendía tranquilo, sonriente:
—No podés, no podés –me repetía mientras bajaba.
Cuando estuvo en el suelo, se limpió las manos y se calzó las sandalias.
Sonreía, me miraba y movía los hombros. Yo, a mi vez, me disponía en silencio. Antes de que él se acordara me había colgado del árbol y encaramado dos metros. Federico, sacudiendo las basuras de su camisa, sonreía ante mi empuje.
Me dejó subir sin hablar. Pasé una rama gruesa que me era conocida porque de ella colgábamos siempre las hamacas. Luego empezaron las más delgadas.
Cuando Federico me vio en el “nudo”, me gritó con un poco de susto:
—¡Che, no te vayas a matar!
—¡No!
Me sentía firme y seguro, pero los brazos me temblaban con el esfuerzo.
Logré dos escalones difíciles. Me agarré bien fuerte de una rama y miré hacia abajo.
—¿Qué hacés? –me preguntó Federico.
No le contesté y mi silencio lo asustó.
—¡Bajá! –me gritó. Tampoco le respondí.
Nada. Vuelta a seguir. Ya distinguía el pañuelo. Mi hermano lo había colgado todo a los largo del brazo para prenderlo bien lejos de mi alcance. Todavía tenía que trepar un metro. El susto me hizo dudar. Volví a mirar al suelo. Federico me llamaba. Trepé sin escucharlo, llegué a la altura necesaria y no supe qué hacer para lograr el pañuelo. Después de pensar febrilmente, me saqué como pude el cinturón. Lo sujeté a la rama y prendiendo mi mano sudada a la correa, me dejé balancear. Oí los gritos de Federico, se me hizo un nudo enorme en el pecho, creí que iba a caer. Pero, mientras tanto, con la punta de los dedos había conseguido tomar el pañuelo. Me largué a llorar.
Mientras descendía por las ramas me estallaban los sollozos. Había olvidado mi triunfo y mi osadía. Lloraba como un desesperado y con las manos sucias me embadurnaba la cara. Cuando toqué tierra Federico me abrazó, también llorando. Y me parece solamente que entonces pude sonreír.