miércoles, 6 de mayo de 2015

para 5to año, literatura: cuentos para la prueba del 11/5


Qué tal, estimados alumnos:

Les dejo los 5 cuentos para la prueba de este lunes 11/5. Están en un archivo word. Este es el link de donde se lo bajan:

https://www.dropbox.com/s/hv9it0yg5d88t6x/cuentos%20para%20evaluacion%2011-5.docx?dl=0



Por si ustedes desean leerlos en internet, los títulos de los cuentos son:

"Cabecita negra" de German Rozenmacher
"Hombrecitos" de Enrique Wernicke
"La mano" y "Jabon" de Juan Carlos Onetti
"Ni uno ni lo otro" Autor anónimo.



Y por último, les dejo copiados los cuentos al cuerpo de esta entrada por si gustan leerlos directamente desde esta pagina.

Saludos!
Profesor Angel



La mano

A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio:        
            —La leprosa.
            Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile.
            No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.
            Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. "Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es síquico".
            Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.
            Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.
            Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.
            Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
            Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando.


Jabón

            No hizo ninguna seña para que Saad detuviera el coche. La figura estaba quieta y paciente, tal vez aburrida, al borde del camino, junto a un árbol del que empezaba a surgir la primavera como peque­ñas lanzas de un verde aún indeciso.
            Saad detuvo el coche frente al árbol y vio la gran maleta negra, vio que la persona que le sonrió tenía una cabeza de mujer, joven, extraordinariamente hermosa, un suéter rojo que cubría el pecho sin la menor sospecha de senos; un pecho liso de varón; panta­lones negros que no insinuaban el bulto del sexo. Hombre, mujer, efebo, hermafrodita, Saad lo necesitó de pronto, con fuerza y jadean­do. Necesitó que subiera al coche, necesitó de aquello con miedo, empezó a creer que lo había estado esperando desde la primera juven­tud y casi llegó a creer que necesitaría la presencia o cercanía de Ello —el corte de pelo era masculino y no había pintura en la cara— hasta el resto de sus días.
            Al entrar, Ello dijo “gracias" y Saad pensó que la voz no había revelado nada. Era la de alguien que hubiera bebido y fumado mucho la noche anterior, hombre o mujer.
            —¿Adónde quiere ir? —preguntó Saad para volver la cabeza y examinar la piel de las mejillas del pasajero: ningún rastro de barba pero el pecho continuaba hostil y aplastado.
            —Un poco lejos. Yo le aviso. Siguiendo derecho. ¿Cuáles eran sus planes?
            Tampoco había nuez en el cuello blanco. "Eran, pensó Saad, como si Ello hubiera resuelto modificar el viaje proyectado". Y como si pudiera hacerlo, como si quisiera hacerlo, como si estuviera seguro, segura de imponer sin violencia sus propios planes. La gran maleta apoyada en el asiento trasero proponía una mudanza, un querido desarraigo. Y dentro de la maleta estaba la clave del sexo de Ello, si es que tenía alguno. Porque no había signos de la adulterada feminidad de un muchacho invertido; nada de la soterrada virilidad de una les­biana. Si fuera posible hurgar en la maleta...
            —No hay planes rígidos por mi parte. Tengo un mes de vacaciones, de no hacer, si Dios quiere, nada que me disguste. Pensaba detenerme En San Sebastián para almorzar. Después seguir hasta Pau donde alquilé una casita que no sé si la voy a encontrar. Si quiere puede acompañarme a almorzar y a perdernos entre pinos enormes buscando la casita. Sólo sé que se llama Pourquoi pas y está cerca del paradero del Jabalí.
            Ello no contestó; se fue reclinando en el asiento, nuevamente iluminada la cara con la sonrisa y apoyó la nuca en el respaldo como quien se prepara para un largo viaje.
            A los pocos días, el deseo de Saad fue creciendo tuvo momentos de silencio y de escondido dolor junto a la querida, la plácida presencia de Ello. Porque aquella criatura adorada le ofrecía —o apenas insinuaba— su doble cara, sus dos cuerpos y muy pronto el hombre sintió el impulso angustioso de avanzar y oprimir, indiferen­te a que sus imaginados abrazos rodearan un cuerpo de mujer o de hombre.
            Pero quería saber. Y cuando Ello bajaba con la cesta de com­pras por el caminito sinuoso e impuesto a los grandes espacios de cés­ped verde por la insistencia de tantos pasos perdidos, entraba como ladrón en el dormitorio del monstruo ansiado y escrutaba la cama, las dos mesas, los pequeños frascos de medicina. Lo que no le servía para nada, no revelaba el secreto. La gran maleta negra siempre debajo de la cama, cerrada con llave.
            Y cuando él tomaba sol con los shorts y el pecho desnudo, Ello se acurrucaba, pantalón negro y suéter rojo, en la sombra del alero de la casita o bajo los grandes árboles para sonreír en paz a la belleza de las construcciones blancas distribuidas sin orden por las pequeñas y suaves colinas.
            Tuvo la esperanza absurda, en la que creyó por un tiempo, que iba a matar la duda entrando al cuarto de baño cuando Ello ter­minaba de bañarse bajo la ducha. Pero solamente husmeando, encon­tró el perfume del jabón de pino que Ello había hecho espumear en su cuerpo, en su pecho, en la entrepierna que desvelaba el misterio, siempre solo, y sellado para él.
            Hasta que, casi de un día al otro, Saad comenzó a aceptar. A desear, más que la posesión física de Ello, la permanecía del secreto, de la duda. Y ahora vigilaba celoso a Ello, con miedo de que una imprudencia, una frase, le revelara la verdad por cuya ignorancia gozaba ahora en seguir sufriendo.
            Veía a Ello trepar el sendero, ágil y rápido, un poco inclinado el cuerpo por el peso de la cesta. Sintió frío y vejez, entró en la casita pensando vagamente qué habría comprado Ello para la comida de la noche.


Ni uno ni otro


Ella era la típica chica tímida. Aquella que en los recreos, caminaba sola. Era de esas chicas que cuando la veías, sentías lástima. Ella guardaba un secreto. Nadie nunca supo más de ella que su nombre: Samanta. Nadie sabía ni su edad, ni de sus padres, ni dónde vivía. Y pocos recordaban el sonido de su voz.
Cada día, todos la veían entrar a clases. Llevaba siempre una enorme mochila sobre la espalda y un folder que aferraba sobre su pecho. En el recreo, caminaba hacia atrás y se sentaba en un sitio al fondo. Durante clases casi nunca hablaba. Solo escribía y prestaba atención a la clase. Esa era su rutina diaria.
Cierto día, mis amigos y yo decidimos averiguar más sobre ella. En clase de educación física, cuando todos corrían, choqué con ella. Tropezó y se lastimó la rodilla. El profesor la mandó a los baños a que se lavara la herida. Y después se fue a dar la notica al preceptor en la secretaría escolar.
-Ya vuelvo, chicos. Pórtense bien.- dijo, y ni bien cruzó la puerta del gimnasio, todos nos abalanzamos sobre las cosas de Samanta.  
Mientras el resto de mis amigos hurgaba entre su enorme mochila con la esperanza de saber más de ella, yo decidí ir tras ella. Cuando ella llegó a los baños, la vi entrar cojeando. Los baños de mujeres estaban vacíos, por lo cual no dudé en entrar.
Me escondí tras la puerta, y vi cómo se sentó en el suelo. Tomó un poco de agua y luego se lavó la herida.
Luego, comenzó a bajarse el cierre de la camperita de gimnasia. Cuando se tomó del borde de la remera y comenzaba a tirarla hacia arriba para sacársela, bajé la mirada, me agarró pudor y salí de aquel lugar.  
Cuando volví al gimnasio encontré a mis amigos algo confundidos. Habían esparcido todas las cosas de la mochila de Samanta por el piso. Un amigo se me acercó y me contó lo que había pasado. En su mochila no encontraron nada extraño, pero en su folder encontraron dibujos de animales extraños que parecían demonios combatiendo contra otros que lucían como ángeles. Los demonios, más grandes, de bocas enormes, devoraban las cabezas de los ángeles.
-Ey, Dani- me dijo mi amigo, entregándome una especie de diario íntimo- Esta chica, además de friky, es un misterio. Fijate, todas las hojas de su diario están vacías.
Cuando tuve el diario entre manos y lo abrí, me di cuenta que casi todas las paginas estaban escritas.  Mis amigos decían que no había nada, pero quizá, por una extraña razón, solo yo podía leer lo que contenía ese misterioso diario.
Comencé a leer. Las primeras páginas, en efecto, estaban en blanco, pero poco a poco, primero muy tenuemente, una frase comenzó a tomar formar. No me hubiera interesado gran cosa si no hubiera visto mi nombre en medio de esa frase, repetida una y otra vez. A medida que seguía pasando las páginas pude leer, cada vez con más claridad: “Te veo, día a día en clase. Y no puedo apartar la mirada de vos. Siento que me vas a gustar mucho, Daniel.”
Sorprendido, salí del gimnasio. Estaba asombrado. El miedo se apoderó de mí cuando recordaba mi nombre una y otra vez entre las páginas de ese diario.
Cerré el diario y corrí hacia el baño de mujeres, pensaba que aun ella podría estar ahí. Cuando llegué a la puerta, dentro se veía un resplandor. Al entrar ella estaba de espaldas, desnuda. Me asusté mucho, retrocedí e hice caer algo. El ruido la hizo darse cuenta que alguien la observaba. Ahora ya no podía ocultar su secreto. Yo, ya lo sabía. De su espalda salían unas enormes y hermosas alas blancas. Era un ángel. Me miró a los ojos con una expresión de enorme alegría. Es más, parecía que ella sabía que este descubrimiento iba a ocurrir. Los ojos de ella eran dulces, cálidos, del color de la miel: acuosos, brillantes. Hablo sobre todo de sus ojos porque todo su rostro estaba cubierto de una celestial luz blanquecina. Recuerdo que en ese momento pensé: este debe ser el rostro de dios.
Se puso de pie y comenzó a acercase lentamente hacia mí. Lo que sentí en ese momento no puedo describirlo sino como una enorme sensación de paz. Sentía como si quisiera unirme a ella. Algo así deben sentir las moscas que se acercan llenas de deseo a la luz de una bombilla eléctrica.
-Pronto, seremos uno solo, Daniel- dijo, y su voz me encandiló aún con más fuerza.
Faltaban un par de pasos para tenerla justo frente mío, cuando, por la cercanía, pude ver con más claridad su rostro, y sus ojos, y su boca.
Ella sonreía. Sonreía con esa sonrisa perdida y quebrada que deben tener los dementes. Sus ojos, abiertos y hermosos, como dos lunas nuevas me erizaron la espalda. Creí que iba a decir algo, pero lo último que pude ver fue su lengua, relamiendo sus labios y mirándome. Luego sí, ya tomándome del brazo con fuerza dijo con su voz carroñera:
-Siento que me vas a gustar mucho, Daniel. Mucho.


Cabecita negra


            La niebla era espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.
            De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado.
            El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cebecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.
            —Quiero ir a casa, mamá —lloraba—. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.
            Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.
            El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.
            —¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? —la voz era dura y malévola. Antes de que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.
            —A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.
            El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.
            —Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.
            Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.
            —Viejo baboso —dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante—. Hacete el gil ahora.
            El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
            —Vamos. En cana.
            El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.
            —Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablado? —Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.
            —Andá, viejito verde andá, ¿te creés que no me di cuenta que la largaste borracha y ahora te querés lavar las manos? —dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba.
            —Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer —dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.
            De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa.
            Un animal. Otro cabecita negra.
            —Vengan a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto —y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró—. Vivo ahí al lado —gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.
            El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.
            Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo.
            —Dame café — dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando.
            Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer.
El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.
            Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con el hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.
            El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia.
Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.
            —Qué le hiciste — dijo al fin el negro.
            —Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de... —el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz.         Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.
            —Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...
            El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente.
            La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:
            —Este no es, José. —Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro
            “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba tan alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas para arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma, dijo para tranquilizarse, “hay que aplastarlo, aplastarlo”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.


Hombrecitos


Nosotros llamábamos “el árbol de la punta” a un viejo ciprés que se hacía sitio en el monte. Le venía el sobrenombre de la extraña distribución de sus ramas que, formando una escalera, permitían fácilmente llegar hasta muy arriba. Si embargo, los últimos “escalones” eran difíciles y, a la verdad, ninguno de nosotros los había trepado.
Federico eligió aquella prueba. Al principio, su decisión me alegró porque hasta la fecha teníamos una misma performance de altura. Pero mi hermano era de brazos más largos.
Caminábamos tranquilamente por la calle de eucaliptus. Yo silbaba desafinado y altanero. Federico sonreía divertido.
 Llegamos al ciprés de la prueba. Federico, ceremonioso, hizo mil preparativos. Se sacó las sandalias y se ajustó el cinturón. Después, mostrándome un pañuelo, me dijo:
—Vos tenés que bajarme este pañuelo.
—Bueno. ¡Subí! –y en la sangre me latía el coraje.
Empezó a trepar. Desde el suelo seguí con atención sus movimientos. Como conocía las trampas, me repetía cada tanto, para mí: “Lo hago, lo hago, lo hago”.
Y él, calculando distancias, tanteando donde pisaba, iba subiendo cada vez más.
Llegó a la parte difícil. Sus pantalones azules se confundieron con el verde de las hojas. Llamaba la atención su camisa blanca. Me pareció verlo dudar; se detuvo; seguramente pensaba. Me imaginaba su situación y sus esfuerzos, y desde tierra lo  ayudé con el pensamiento, estrujándome las manos. Lo vi subir el pedazo más bravo.
—¡Eh! –me gritó— ¿Es alto?
—Sí –contesté, admirado sin querer.
—¡Subiré más!
—¡Subí! –lo incité, olvidando completamente que estaba haciendo más ardua mi propia prueba.
—Pero vos no vas a poder –me recordó riendo.
—¡Bah!
En realidad, su risa me había llenado de espanto.
Subió un poco más y se perdió entre las ramas. Después de un ratito lo vi descender. Y descendía tranquilo, sonriente:
—No podés, no podés –me repetía mientras bajaba.
Cuando estuvo en el suelo, se limpió las manos y se calzó las sandalias.
Sonreía, me miraba y movía los hombros. Yo, a mi vez, me disponía en silencio. Antes de que él se acordara me había colgado del árbol y encaramado dos metros. Federico, sacudiendo las basuras de su camisa, sonreía ante mi empuje.
Me dejó subir sin hablar. Pasé una rama gruesa que me era conocida porque de ella colgábamos siempre las hamacas. Luego empezaron las más delgadas.
Cuando Federico me vio en el “nudo”, me gritó con un poco de susto:
—¡Che, no te vayas a matar!
—¡No!
Me sentía firme y seguro, pero los brazos me temblaban con el esfuerzo.
Logré dos escalones difíciles. Me agarré bien fuerte de una rama y miré hacia abajo.
—¿Qué hacés? –me preguntó Federico.
No le contesté y mi silencio lo asustó.
—¡Bajá! –me gritó. Tampoco le respondí.
Nada. Vuelta a seguir. Ya distinguía el pañuelo. Mi hermano lo había colgado todo a los largo del brazo para prenderlo bien lejos de mi alcance. Todavía tenía que trepar un metro. El susto me hizo dudar. Volví a mirar al suelo. Federico me llamaba. Trepé sin escucharlo, llegué a la altura necesaria y no supe qué hacer para lograr el pañuelo. Después de pensar febrilmente, me saqué como pude el cinturón. Lo sujeté a la rama y prendiendo mi mano sudada a la correa, me dejé balancear. Oí los gritos de Federico, se me hizo un nudo enorme en el pecho, creí que iba a caer. Pero, mientras tanto, con la punta de los dedos había conseguido tomar el pañuelo. Me largué a llorar.
Mientras descendía por las ramas me estallaban los sollozos. Había olvidado mi triunfo y mi osadía. Lloraba como un desesperado y con las manos sucias me embadurnaba la cara. Cuando toqué tierra Federico me abrazó, también llorando. Y me parece solamente que entonces pude sonreír.

jueves, 2 de agosto de 2012

TRABAJO PRACTICO DE LA PROFESORA MONICA CORBO

NOTA DEL PROFESOR ANGEL: ESTAS SON LAS CONSIGNAS DEL TP DE ALIMENTACION DE AÑOS ANTERIORES. CONSULTEN CON LA PROFESORA CORBO PARA CONFIRMAR SI LAS CONSIGNAS SON LAS MISMAS PARA SU CURSO.
HACIA EL FINAL DEL POST TIENEN EL LINK PARA DESCARGAR EL ARCHIVO DE POWERPOINT.

Hola Familia, Hola Chicos de 1º Año del Polimodal

Pautas para el trabajo:

Ø Individual (cada alumno presenta el suyo)
Ø Mirar de nuevo el power point, acompañado por un mayor (Padre, Madre, Tutor, Abuela/o o persona que sea responsable del manejo de sus casas)
Ø Anotar: N º de integrantes de sus familias y cuantos son niños, cuántos adolescentes, cuántos adultos y cuántos ancianos
Ø Comparar con la familia del power que más se les parezca en cantidad de personas
Ø Hacer una lista de la cantidad de productos alimenticios (incluir agua mineral, gaseosa, y bebidas alcohólicas) que consumen por semana
Ø Compararla con la de la familia tipo a la que se parecen. Señalar con azul los alimentos similares y con rojo los diferentes
Ø Debajo de esta comparación, hacer una conclusión destacando qué tipos de alimentos (lípidos, hidratos de carbono, proteínas y vitaminas) consumen ustedes en mayor o menor proporción a la de la familia elegida
Ø Recuerden que deben multiplicar los valores del Power por 3, ya que éste fue realizado cuando el peso y el dólar eran paralelos, y luego (a groso modo) coloquen cuánto calculan que gastan por semana en el supermercado.
Ø Comparen los valores entre lo que gastan ustedes y lo que gastan la familia que han elegido ¿Qué diferencia notan?
Ø Ahora, con la lista de lo que ustedes consumen por semana, comparen la cantidad y calidad de alimentos con la de la familia que más consume y con la que menos lo hace. Saquen una conclusión.
Ø Ideen junto al mayor que los acompaña una actividad con este power (por ejemplo: averiguar los sueldos de las personas en ésos países) y saquen una conclusión
Ø ……………………………………………….. Dejamos este espacio abierto para que la familia opine sobre esta actividad.

Gracias de nuevo! Prof. Mónica Corbo

DESDE ACA SE PUEDEN BAJAR LA PRESENTACION EN POWER POINT CORRESPONDIENTE:


http://ceferinoenlared.googlepages.com/Comidaporsemana.pps


LES DEJO ALGUNAS IMAGENES DE LA PRESENTACIÓN DE POWER POINT








lunes, 2 de abril de 2012

Día del Veterano y los caídos en Malvinas, a 30 años la Memoria y el Reclamo siguen vivos





"Gente del sur" (Walter Giardino)

La soledad no es mal camino
en este mundo todo esta mal
La sociedad sigue mostrando
que es solamente parte de mal
puedo contarte tristes historias
que en estas tierras vivir
puedo sentir hondas
heridas que mortifican mi ser
por ver tanta injusticia
madres de hoy lloran
sus hijos en una plaza de la ciudad
y el gran imperio bebió la sangre
del que pedia su libertad
No se muy bien cual fue la gloria
en esta guerra del sur
hoy puedo ver miles de cruces
en estas islas que Dios nos dio
a todos los hombres
En soledad hoy los recuerdo
gente valiente del sur
y la verdad solo es divina
solo es cuestión de esperar
que Dios haga justicia...

lunes, 10 de octubre de 2011

Un jurado eligió los 200 libros fundamentales de la Argentina






Con el nombre "200 años, 200 libros. Recorridos por la cultura argentina", el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (ex ESMA) y la Biblioteca Nacional presentarán hoy una muestra integrada por dos centenares de títulos considerados "fundamentales" en la historia del país, elegidos por un jurado de notables. La exposición podrá verse en Avenida del Libertador 8151 hasta enero del año próximo.
La lista de los 200 libros, que se comenzó a gestar en 2009, ya desató ciertas controversias por algunos de los textos elegidos. Algo que los organizadores parecían haber previsto, según se consigna en la gacetilla que acompaña el anuncio: "Una nación se piensa, también, en sus textos. Respira en los distintos usos de la lengua y se reconoce en sus polémicas". Y sobre la selección de los títulos, señala: "No era fácil y sin dudas es arbitrario definir cuáles son esas obras que consideramos fundamentales. Para ello se convocó a un extenso grupo de intelectuales, escritores y artistas. Para que propongan, cada uno, diez libros para integrar la exposición".
Los seleccionadores de los 200 título s fueron: Juana Bignozzi, José Emilio Burucúa, Arturo Carrera, José Carlos Chiaramonte, Angela Di Tullio, Leonora Djament, Jorge Dotti, José Pablo Feinmann, Norberto Galasso, Griselda Gambaro, Germán García, Noé Jitrik, Jorge Lafforgue, Laura Malosetti Costa, Alan Pauls, Eduardo Rinesi, Andrés Rivera, León Rozitchner, Beatriz Sarlo, Alberto Szpunberg, David Viñas, Eduardo Jozami y Horacio González.



Acá está la lista de los autores... ¿Cuántos de estos libros te faltan por leer?


A luz argentina, César Aira, 1983.
Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, Cristian Alarcón, 2003.
Bases y puntos de partida para la organización nacional, Juan Bautista Alberdi, 1852.
El crimen de la guerra, Juan Bautista Alberdi, 1870.
Fragmento preliminar al estudio del derecho, Juan Bautista Alberdi, 1837.
Grandes y pequeños hombres del Plata, Juan Bautista Alberdi, 1879.
La voluntad, Eduardo Anguita y Martín Caparrós, 1997-1998.
Los lanzallamas, Roberto Arlt, 1931.
Los siete locos, Roberto Arlt, 1929.
El juguete rabioso, Roberto Arlt, 1926.
Aguafuertes porteñas, Roberto Arlt, 1933.
Paulino Lucero, Hilario Ascasubi, 1853.
Santos Vega, Hilario Ascasubi, 1872.
El marxismo y las escatologías, Carlos Astrada, 1957.
El mito gaucho, Carlos Astrada, 1948.
San Martín, Augusto Barcia Trelles 1941-1948.
La Patagonia rebelde, Osvaldo Bayer 1972-1974.
Fuegia, Eduardo Belgrano Rawson, 1991.
Mujer de cierto orden, Juana Bignozzi 1967.
La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares, 1940.
Dublín al Sur, Isidoro Blaisten, 1980.
Cuaderno San Martín, Jorge Luis Borges, 1929.
El Aleph, Jorge Luis Borges, 1949.
El lenguaje de Buenos Aires, Jorge Luis Borges y José Clemente, 1963.
El otro, el mismo, Jorge Luis Borges, 1969.
El tamaño de mi esperanza, Jorge Luis Borges, 1926.
Evaristo Carriego, Jorge Luis Borges, 1930.
Ficciones, Jorge Luis Borges, 1944.
Inglaterra. Una fábula, Leopoldo Brizuela, 1999.
Arte, sociedad y política, José Emilio Burucúa, 1999.
Poder y desaparición, Pilar Calveiro, 1998.
En la sangre, Eugenio Cambaceres, 1887.
Sin rumbo, Eugenio Cambaceres, 1885.
Tinieblas, Elías Castelnuovo, 1923.
Las otras puertas, Abelardo Castillo, 1969.
Las cuestiones, Nicolás Casullo, 2007.
Nunca Más, CONADEP, 1984.
Sudeste, Haroldo Conti, 1962.
Mascaró, el cazador americano, Haroldo Conti, 1975.
De dioses, hombrecitos y policías, Humberto Costantini, 1979.
Operación Masotta, Carlos Correas, 1991.
Final del juego, Julio Cortázar, 1956.
Las armas secretas, Julio Cortázar, 1959.
Rayuela, Julio Cortázar, 1963.
Fausto, Estanislao del Campo, 1866.
Río de las congojas, Libertad Demitrópulos.
Zama, Antonio Di Benedetto, 1956.
Babilonia, Armando Discépolo, 1925.
El organito, Armando Discépolo y Enrique Santos Discépolo, 1925.
Dogma Socialista con la Ojeada Retrospectiva, Esteban Echeverría, 1846.
El matadero, Esteban Echeverría, 1874.
La cautiva, Esteban Echeverría, 1837.
La astucia de la razón, José Pablo Feinmann, 1990.
Museo de la novela de la Eterna, Macedonio Fernández, 1967.
Las cien mejores poesías, Baldomero Fernández Moreno, 1961.
Versos de Negrita, Baldomero Fernández Moreno, 1920.
Los pichiciegos, Rodolfo Fogwill, 1983.
Cuentos, Fray Mocho, 1906.
Vida de Scalabrini Ortiz, Norberto Galasso, 1970.
El mal metafísico, Manuel Gálvez, 1916.
Eisejuaz, Sara Gallardo, 1971.
Lo mejor que se tiene, Griselda Gambaro, 1998.
Las islas, Carlos Gamerro, 1998.
Diccionario argentino, Tobías Garzón, 1910.
Carta a mi madre, Juan Gelman, 1989.
Gotán, Juan Gelman, 1962.
Interrupciones II, Juan Gelman, 1986.
Los gauchos judíos, Alberto Gerchunoff, 1910.
Política y sociedad en una época de transición, Gino Germani, 1962.
Obra poética, Joaquín Gianuzzi, 2000.
En la masmédula, Oliverio Girondo, 1954.
Ferdydurke, Witold Gombrowicz, 1947.
Camas desde un peso, Enrique González Tuñón, 1932.
La calle del agujero en la media, Raúl González Tuñón, 1930.
Santiago de Liniers, conde de Buenos Aires. 1753-1810, Paul Groussac, 1907.
Estética operatoria en sus tres direcciones, Luis Juan Guerrero, 1956-1967.
Don Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes, 1926.
Villa, Luis Gusmán, 1995.
Cartas de un porteño, Juan María Gutiérrez, 1942.
Noticias históricas sobre el origen y desarrollo de la enseñanza pública superior en Buenos Aires, Juan María Gutiérrez, 1868.
Juan Moreira, Eduardo Gutiérrez, 1879-1880.
La República imposible, Tulio Halperin Donghi, 2004.
Revolución y guerra, Tulio Halperin Donghi, 1972.
Martín Fierro, José Hernández, 1872-1879.
La formación de la conciencia nacional, Juan José Hernández Arregui, 1960.
Cielitos y diálogos patrióticos, Bartolomé Hidalgo, 1813-1822.
La Argentina y el imperialismo británico, Rodolfo Irazusta y Julio Irazusta, 1934.
El hombre mediocre, José Ingenieros, 1913.
La evolución de las ideas argentinas, José Ingenieros, 1918-1920.
El medio pelo en la sociedad argentina, Arturo Jauretche, 1966.
Manual de zonceras argentinas, Arturo Jauretche, 1968.
Los grados de la escritura, Noé Jitrik, 2000.
El niño argentino, Mauricio Kartun, 2006.
Ciencias morales, Martín Kohan, 2007.
Todos los cuentos, Bernardo Kordon, 1975.
La libertad creadora, Alejandro Korn, 1922.
Hegemonía y estrategia socialista, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, 1985.
Las patas en las fuentes, Leónidas Lamborghini, 1957.
Odiseo confinado, Leónidas Lamborghini, 1992.
Traiciones, Ana Longoni, 2007.
Historia de la República Argentina, Vicente Fidel López, 1883-1893.
El género gauchesco. Un tratado sobre la patria, Josefina Ludmer, 1988.
Los crepúsculos del jardín, Leopoldo Lugones, 1905.
El payador, Leopoldo Lugones, 1916.
Entre nos, causeries del jueves, Lucio V. Mansilla, 1889-1890.
Una excursión a los indios ranqueles, Lucio V. Mansilla, 1870.
Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal, 1848.
Cuentos de la oficina, Roberto Mariani, 1925.
Amalia, José Mármol, 1851.
La bolsa, Julián Martel, 1891.
La cabeza de Goliath, Ezequiel Martínez Estrada, 1940.
Muerte y transfiguración de Martín Fierro, Ezequiel Martínez Estrada, 1948.
Radiografía de la pampa, Ezequiel Martínez Estrada, 1933.
La vida entera, Juan Carlos Martini, 1981.
Sexo y traición en Roberto Arlt, Oscar Masotta, 1965.
Canon de alcoba, Tununa Mercado, 1988.
Historia de San Martín y de la emancipación americana, Bartolomé Mitre, 1887-1888.
Historia de Belgrano y de la independencia argentina, Bartolomé Mitre, 1857.
Una sombra donde sueña Camila O'Gorman, Enrique Molina, 1973.
Vida y memorias de Mariano Moreno, Manuel Moreno, 1812.
Banco a la sombra, María Moreno, 2007.
Plan de operaciones, Mariano Moreno, 1810.
El vuelo del tigre, Daniel Moyano, 1981.
Misteriosa Buenos Aires, Manuel Mujica Láinez, 1950.
Homo atomicus, Héctor Murena, 1962.
Estudios sobre los orígenes del peronismo, Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, 1971.
Cuentos completos, Silvina Ocampo, 1999.
Testimonios, Victoria Ocampo, 1935-1977.
El Eternauta, Héctor G. Oesterheld y Francisco Solano López 1957.
La musa de la mala pata, Nicolás Olivari, 1926.
Los juegos peligrosos, Olga Orozco, 1962.
Obra completa, Juan L. Ortiz, 1996.
El andariego. Poemas 1944-1980, Hugo Padeletti, 2007.
Catalina. Contra la oligarquía, Ernesto Palacio, 1935.
El pasado, Alan Pauls, 2003.
Potestad, Eduardo "Tato" Pavlovsky, 1985.
El triunfo de los otros, Roberto Payró, 1907.
Memorias, José María Paz, 1855.
Memorias. Alturas, tensiones, ataques, intensidades, Juan Carlos Paz, 1972-1994.
Facundo, David Peña, 1906.
Alambres, Néstor Perlongher, 1987.
La razón de mi vida, Eva Perón, 1951.
Mi mensaje, Eva Perón, 1994.
Correspondencia, Juan Domingo Perón y John William Cooke, 1972.
Nombre falso, Ricardo Piglia, 1975.
Crítica y ficción, Ricardo Piglia, 1986.
La ciudad ausente, Ricardo Piglia, 1992.
Respiración artificial, Ricardo Piglia, 1980.
Los trabajos y las noches, Alejandra Pizarnik, 1965.
Boquitas pintadas, Manuel Puig, 1969.
La traición de Rita Hayworth, Manuel Puig, 1968.
Historia crítica de los partidos políticos argentinos, Rodolfo Puiggrós, 1956.
La época de Rosas, Ernesto Quesada, 1898.
Cuentos de amor, de locura y de muerte, Horacio Quiroga, 1917.
Revolución y contrarrevolución en la Argentina, Jorge Abelardo Ramos, 1957.
Las multitudes argentinas, José María Ramos Mejía, 1899.
Rosas y su tiempo, José María Ramos Mejía, 1907.
Ese manco Paz, Andrés Rivera, 2003.
La revolución es un sueño eterno, Andrés Rivera, 1987.
José Hernández y la guerra del Paraguay, Enrique Rivera, 1954.
Historia de la tortura y el orden represivo en la Argentina, Ricardo Rodríguez Molas, 1984.
Historia de la literatura argentina, Ricardo Rojas, 1917-1922.
Latinoamérica, las ciudades y las ideas, José Luis Romero, 1976.
Cabecita negra, Germán Rozenmacher, 1981.
La cosa y la cruz, León Rozitchner, 1997.
Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato, 1961.
El buen dolor, Guillermo Saccomanno, 1999.
El limonero real, Juan José Saer, 1974.
Nadie nada nunca, Juan José Saer, 1980.
La mayor, Juan José Saer, 1976.
Historia de la Confederación Argentina, Adolfo Saldías, 1881-1887.
Teatro, Florencio Sánchez, 1941.
Una modernidad periférica, Beatriz Sarlo, 1988.
Facundo, Domingo Faustino Sarmiento, 1845.
Recuerdos de provincia, Domingo Faustino Sarmiento, 1850.
Viajes por Europa, África y América, Domingo Faustino Sarmiento, 1851.
Manual de perdedores, Juan Sasturain, 1982-1987.
El hombre que está solo y espera, Raúl Scalabrini Ortiz, 1931.
Política británica en el Río de la Plata, Raúl Scalabrini Ortiz, 1940.
La pintura y la escultura en la Argentina, Eduardo Schiaffino, 1933.
Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, Juan José Sebreli, 1964.
Libro extraño, Francisco Sicardi, 1964.
Zogoibi, novela humorística, Luis Emilio Soto, 1926.
No habrá más penas ni olvido, Osvaldo Soriano, 1980.
Languidez, Alfonsina Storni, 1920.
El Che amor, Alberto Szpumberg, 1965.
Escritos políticos (1918-1934), Saúl Taborda, 2008.
Nuestros años sesenta, Oscar Terán, 1991.
Versos de una., César Tiempo (Clara Beter), 1926.
La casa y el viento, Héctor Tizón, 1984.
El dolor de escribir, Manuel Ugarte, 1932.
Obra poética, Paco Urondo, 2006.
El vuelo, Horacio Verbitsky, 1995.
Cuentos y leyendas populares de la Argentina, Berta Vidal de Battini, 1980-1995.
Literatura argentina y realidad política, David Viñas, 1964.
Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX, David Viñas, 2006.
El reino del revés, María Elena Walsh, 1963.
Los oficios terrestres, Rodolfo Walsh, 1965.
Operación Masacre, Rodolfo Walsh, 1957.
Un kilo de oro, Rodolfo Walsh, 1967..

martes, 20 de septiembre de 2011

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Histórico plan de los kelpers para alcanzar el autoabastecimiento

El Consejo Ejecutivo de las Islas Malvinas aprobó la creación de un fondo de unos 400 mil dólares, para comenzar con un plan de sustitución de importaciones. Es por el creciente bloqueo de la Argentina y la región ante la negativa del Reino Unido de negociar la soberanía.

Buscando evitar las dificultades que el creciente bloqueo impuesto por la Argentina le genera, el Consejo Ejecutivo de las Islas Malvinas aprobaron la creación de un fondo de casi 400 mil dólares para un plan de sustitución de importaciones.
Entre 2009 y 2010, las Islas importaron cerca de 319 toneladas de frutas y vegetales frescos, provenientes en su mayor parte de la Argentina y Chile, y en menor medida de Uruguay. Ahora, con el proyecto, esos productos podrían producirse en el mismo territorio isleño.
“El objetivo es que las Falklands sean autosuficientes y menos susceptibles a las presiones externas”, dijo a su vez David Waugh, director de la Corporación de Desarrollo de las Islas Falklands, (FIDC) citado por The Daily Telegraph.
Desde 2003, el gobierno argentino lleva adelante una dura política con las Islas, ante la negativa del gobierno del Reino Unido de aceptar negociar la soberanía, pese a la presión internacional.
De hecho, y ante un pedido argentino, la región accedió a no permitir que buques relacionados con la exploración petrolera en las aguas de Malvinas, e inclusive algunas naves de guerra, atraquen en sus puertos. Algunos servicios marítimos de transporte de containers ya fueron suspendidos.
Según las informaciones, el fondo va a ser distribuido entre los productores locales a manera de créditos. Pero será exclusivo para el desarrollo comercial y no amateur, sobre todo de vegetales, frutas y huevos, que por la adversidad del clima, helado y ventoso, los productores en Malvinas se vieron históricamente forzados a plantar en invernaderos.

Fuente: InfoBae

martes, 30 de agosto de 2011

El tren que unirá Argentina y Uruguay

Despojados de todo tipo de connotación política, destacamos la integración y la reapertura de los ramales ferroviarios.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Hacen el primer mapa del movimiento de hielo en la Antártida en alta resolución




Washington, 18 ago (EFE).- Un equipo de científicos elaboró el primer mapa de alta resolución del movimiento del hielo en la Antártida, lo que ayudará a entender mejor el impacto del cambio climático en el continente.

El mapa, publicado hoy en la revista Science, fue elaborado como si fuera un mosaico digital con imágenes satelitales proporcionadas por la Agencia Espacial Canadiense (CSA), la europea (ESA) y la japonesa (JAXA) y revela los detalles del movimiento del hielo en la Antártida entre los años 2007 y 2009.
El objetivo de este trabajo, liderado por Eric Rignot del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA en Pasadena, California, es ayudar a los investigadores a entender los cambios del continente ante el constante calentamiento global.
"Nuestro mapa representa una medida de referencia importante, al ser la primera instantánea completa del patrón de movimiento del hielo" en este periodo, indicó a Efe Jeremie Mouginot, profesor asociado del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de California, en Irvine, y uno de los autores.
La velocidad del hielo es una característica fundamental de los glaciares y las capas de hielo, que mide la velocidad a la que este elemento es transportado desde las regiones del interior hacia el océano, explicó.
Sus mediciones y análisis redefinen la comprensión actual sobre la dinámica de la capa de hielo antártica, al revelar que el flujo de la capa de hielo del continente se compone de una compleja red de afluentes que vienen del interior.
Esta nueva visión del movimiento de la capa de hielo puede ayudar a la reconstrucción histórica y a la predicción de su evolución.
Dado que la gran mayoría de hielo en la Tierra se encuentra en la Antártida y que el derretirse de las capas de hielo polares puede tener efectos en el nivel del mar, este mapa también será útil para investigaciones futuras.
El trabajo se completó durante el Año Polar Internacional y es el primer estudio de este tipo desde 1957.
El mapa, publicado en la revista Science, fue elaborado como si fuera un mosaico digital con imágenes satelitales proporcionadas por la Agencia Espacial Canadiense (CSA) la europea (ESA) y la japonesa (JAXA). En la imagen el registro de un mapa de la Antártida divulgado por la NASA en noviembre de 2007. EFE/Archivo

Fuente: Yahoo Noticias

miércoles, 10 de agosto de 2011

¿Lo sabías?

Cómo se formaron las Cataratas del Iguazú (por Antonio Margalot. De “Geografía de Misiones”)




La geología regional se caracteriza por la presencia de una serie de coladas basálticas superpuestas. "Colada" es el término con que los técnicos designan una efusión volcánica que originariamente se dispersa en estado líquido sobre la superficie de una zona y luego, por enfriamiento, se solidifica.
En la región se produjeron varias de estas coladas (en Misiones se han detectado 11 añorantes), de modo tal que las más recientes se iban superponiendo a las anteriores como "mantos" sucesivos (entrecomillamos la palabra "mantos" ya que ella no es la correcta para esta clase de estructura geológica pero la utilizamos por ser bastante gráfica para el lector no iniciado en el tema).
Estas coladas, si bien tienen características físicas y químicas muy parecidas se diferencian por algunos elementos accesorios y por la forma en que se produjo la solidificación. Consecuentemente, el comportamiento de ellas también difiere ante la acción erosiva del agua. Significa ello que ésta altera y destruye con mayor rapidez la roca y el material constitutivo de ciertas coladas que el de otras.
Como veremos enseguida éste es uno de los factores que posibilitó la formación de las Cataratas del Iguazú. El otro fue la presencia, en el cauce del río, de fracturas. Con este término designan los geólogos al hundimiento relativo de parte de una formación con respecto al resto (o, recíprocamente, un levantamiento relativo de ese resto con respecto a la otra parte), según una línea más o menos recta.
Para visualizar el fenómeno imagínese un terreno plano y horizontal. Al producirse la fractura, se origina un escalón, que puede tener desde pocos milímetros a varios metros, según la intensidad del fenómeno que haya provocado la fractura. La pendiente de un río, en su fase juvenil, es bastante pronunciada y la presencia de estos escalones (fracturas) hace que en tales lugares el agua salte y tenga, por el impacto, un efecto erosivo mayor que en los tramos no accidentados. Como consecuencia se va formando una depresión inmediatamente después de la fractura.
El río Iguazú corre, al menos en algunos tramos, sobre una colada basáltica muy resistente a la acción erosiva del agua, espesor que a su vez se asienta sobre otra colada cuya roca constitutiva es sensiblemente más vulnerable a esa acción. Con el transcurso del tiempo el líquido termina por horadar la formación superior e inicia el ataque de la inferior, la que es destruída con mayor rapidez, hasta desaparecer y quitar totalmente sustentación a la de arriba, que comienza a desmoronarse progresivamente.
Los grandes bloques que pueden observarse al pie de algunos saltos -especialmente del lado argentino de las Cataratas- son los restos de la colada superior. La descripción precedente explica los espacios vacíos existentes detrás de la cortina de agua y que sirven de refugio a aves y anfibios.
Como el proceso de horadación "hacia atrás "continúa, durante los próximos milenios las Cataratas seguirán desplazándose, como lo vienen haciendo desde tiempos inmemoriales.